Algo de su niñez, como a todos, se le quedó para siempre a Elena Poniatowska. Mirada traviesa, de hablar espontáneo, dice que cuando niña vivía siempre en otro mundo en el que los libros ocup..." /> El Observador | Elena Poniatowska: “Nada me fascina más que leer” Algo de su niñez, como a todos, se le quedó para siempre a Elena Poniatowska. Mirada traviesa, de hablar espontáneo, dice que cuando niña vivía siempre en otro mundo en el que los libros ocup..." />
Elena Poniatowska: “Nada me fascina más que leer”

Elena Poniatowska: “Nada me fascina más que leer”

 

Algo de su niñez, como a todos, se le quedó para siempre a Elena Poniatowska. Mirada traviesa, de hablar espontáneo, dice que cuando niña vivía siempre en otro mundo en el que los libros ocuparon un lugar muy especial, eran el medio de transporte para convertirla en heroína, en muchas otras niñas que habitaban en los cuentos, en princesa, en viajera, en santa, en Robin Hood, en Carlomagno, en Scarlett O’Hara…

La escritora rescata de su memoria a la Elena niña, a la Elena mamá y a la Elena abuela para contarnos su experiencia personal en relación con los libros, los cuentos, la poesía, la tradición oral. Revive con sus recuerdos a personas clave que a lo largo de su vida la condujeron de la mano al mundo de las letras.

Elena Poniatowska se traslada a Francia donde vivió los primeros nueve años de su vida:

“Tenía una institutriz, una señorita que me dijo que cuando yo supiera leer me iba a ocultar en los rincones para que nadie me viera y pudiera leer sola y a gusto”.

Elena no esperó más, quiso saber lo que era aquello y aun antes de aprender a leer se sentaba debajo de la escalera con sus libros “para que la institutriz pensara que yo leía”. Así, debajo de la escalera, comenzó a descubrir algo que le fascinaría “más que cualquier otra cosa en el mundo”.

A los siete años aprendió a descifrar aquellos signos que solo miraba debajo de las escaleras, comenzó a leer: “Era lo que más me gustaba. Recuerdo entre mis primeras lecturas las de un periodiquito de tiras cómicas que se llamaba La semana de Suzette, te contaban la vida de esa niña con todas sus alegrías y sus problemas; a mí me interesaban muchísimo.

“Luego ya leí unas novelitas de la Biblioteca Rosa escritas por la Condesa de Segur. Se llamaban Las niñas modelo. Las desgracias de Sofía. Estas novelas me conducían a un mundo que a mí me llamaba muchísimo la atención, eran mundos muy parecidos a los míos, en cierta manera, pero más atrevidos. También leí El pequeño diablito, me fascinaba. Se trataba de un niño al que golpeaban muchísimo, entonces se pegaba con engrudo dos diablitos en las nalgas para que cuando la señora le bajara los pantalones viera a dos diablos y lo dejara en paz…”.

Como una niña, Elena comienza a contar, divertida, aquellos cuentos, historias que la infancia le regaló:

“Había un cuento de una niña que preparaba dizque el té porque le regalaban un jueguito de esos que siempre les dan a las niñas y que yo toda la vida he odiado, y entonces preparaba el té con agua cochina de perro, la leche la hacía con gis y luego invitaba a las demás niñas a comer. Todas las niñas de esa época eran condesas o princesas, tenían títulos, eran muy bien educadas. Y me leía una cantidad de libros con muchísimo gusto”.

Menciona la escritora sus primeros acercamientos a la poesía, con su madre:

“Lo primero que recuerdo fue cuando mi mamá, que hablaba en francés, nos hacía aprender poesías desde chiquitas a mi hermana Kitzia y a mí. Me enseñó una que se llamaba “El nomeolvides”, y a la pobre de Kitzia, como se portaba muy mal, la hizo memorizar ‘La mala hierba’.”

En un periodo de su infancia, Elena Poniatowska no vivió con sus padres. Estalló la guerra, su padre se ausentó muchos años por esa razón y su madre lo acompañó durante un tiempo en calidad de enfermera. Entonces, ella y Kitzia vivieron con sus abuelos. Cuando se le pregunta a la escritora sobre aquellas personas que fueron importantes en su formación lectora, revive este episodio:

“Durante muchos años, todos los que mi papá estuvo en la guerra, hubo una relación de cartas con él que fue importantísima. Yo le escribía y él siempre me respondía, esto fue muy significativo porque yo veía en los noticieros lo que era la guerra. Estallaban las bombas, los soldados saltaban a refugiarse, yo esperaba ver a mi papá entre cualquiera de aquellos soldados, para mí era una emoción enorme recibir sus cartas. En aquella época, el correo funcionaba distinto, tú mandabas las cartas a Nueva York con una clave, nunca ponías Italia, Monte Cassino o Moscú, porque nadie sabía dónde estaban los soldados, ponías la clave y alguien se las hacía llegar. Yo guardé todas esas cartas, Kitzia también escribía y recibía sus cartas. Esa relación fue definitiva por lo que respecta a leer y escribir. Para mí ¡era heroico que él respondiera! Yo pensaba, esta carta va a atravesar el océano, ponía la clave, había todo un misterio alrededor de su destino, yo no sabía dónde estaba él. Ya cuando estuve en México, lo mandaron a Washington y le dieron permiso de venir. Llegó vestido de militar, y yo lo veía tan guapo, estaba tan orgullosa de él, era todo un héroe para mí y no cabía de felicidad. Además, me sentía importantísima porque él, ese señor al que todo el mundo admiraba, me escribía cartas a mí solita”.

Cuando debido a la guerra se fue la institutriz, el abuelo de Elena Poniatowska tomó su lugar como maestro. Entonces leer y escribir se convirtieron en motivos de preocupación:

“Le tenía yo terror a mi abuelo. Me dejaba unas tareas que yo no entendía.”

El miedo fue tal, que Elena recuerda con exactitud aquellos problemas de matemáticas que le quitaban el sueño: “Me decía el abuelo, si tú tienes un campo rectangular de tales medidas y debes colocar 18 postes a su alrededor, ¿a qué distancia debe estar cada poste? Yo recorría toda la casa. Le pedía ayuda a la recamarera, a la cocinera, al chef, al jardinero, al jefe de jardineros, como en manda, y todos fruncían el ceño y decían que estaba muy difícil el problema. No podía dormir del susto, le rezaba a Dios que en la noche me dijera si eran tres o cuatro metros entre cada poste, no tenía idea de cómo resolverlo, y hasta la fecha se me hace dificilísimo, eso de los kilómetros por hora no lo he comprendido jamás.

“Me recuerdo ahí, a los siete años, sentada junto al abuelo, aterrada viendo a Kitzia desde la ventana podando rosas con la abuela. A mí la poda me gustaba mucho porque dentro de las rosas había unos animalitos como escarabajitos que te metías en la mano, te caminaban adentro y sentías muchas cosquillitas. Y yo ahí, repitiendo lecciones de historia o leyendo fragmentos de Juana de Arco o de Carlomagno, porque siempre eran cosas heroicas, eso me gustaba, pero las matemáticas eran un suplicio. Seguramente mi abuelo era bueno conmigo, ahora lo veo así, pero entonces era un señor con mucha autoridad que me aterrorizaba”.

Las novelas de la Biblioteca Rosa resultaban un deleite para aquella niña que se las devoraba con todo y las ilustraciones de Gustave Doré. “Estas lecturas eran muy importantes, de ahí surgió el respeto a la lectura, el respeto a los libros, el amor a los libros”.

Su abuela, en cambio, las ponía a dibujar todas las mañanas, les cortaba cuadernitos para ilustrarlos. Y con ella leyeron una revista que hablaba de diferentes pueblos y gente, el National Geographic.

En 1942, la comida escaseaba en Europa debido a la guerra, y Elena se embarcó con su hermana y su madre hacia México.

“Uno se acuerda de cosas un poco absurdas, pero llegar a México fue increíble porque aquí ya era yo la güerita. Kitzia tenía los ojos cafés y el pelo castaño y yo era rubia de ojos azules; ser la güerita era como ser un montón de trigo, me veían en la calle y me tocaban el pelo, entonces subió mi estatus, me sentí muy apreciada, en Francia era una del montón. Las maestras eran amables conmigo y es que venía yo entrenada y muy acostumbrada a hacer las tareas y a leer. Recuerdo que mi primer acto como scout en México fue ir a comprar tela y forrar todos mis libros yo solita; era una tela color salmón, y los forré para que no se echaran a perder, los guardé en mi cuarto. Tenía un librero con todos mis libros favoritos, entonces eran Robin Hood y Cyrano de Bergerac, muchos personajes heroicos y vidas de santos.”

Cuenta Elena que cada Navidad le regalaban un paquete de libros, su gusto por la lectura era conocido entre su gente.

“Ya en México leí mucho en inglés, recuerdo que a los 11 o 12 años me devoraba los cuentos de misterio de Carolina Keene, que el misterio en el sótano, que el misterio en la buhardilla, que el ladrón y las hilachas, eran sobre una muchacha que descubría todos los secretos. Leía todo aquello con verdadera pasión. Y luego, ya en el Liceo, en la escuela, comencé a leer a Victor Hugo, nos hacían memorizar las cosas y eso no solo me costaba mucho trabajo, sino que me aburría, y después, naturalmente, tuve una educación muy religiosa por lo que el Antiguo Testamento se introdujo en mis lecturas”.

Entre el francés de su madre y el inglés de la abuela, que era estadunidense, Elena nunca estudió formalmente el español. Lo aprendió con su nana, Magdalena Castillo, Magda, que era de Tomatlán. Pero con ella aprendió mucho más, le abrió todo un mundo que pertenece a  la imaginación:

“Me cantaba canciones como ‘La matita de albahaca’:

 

Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca.

¿cuántas hojitas tiene la mata?

 

Saca Real Majestad mi Rey y Señor

Usted que está en su balcón,

¿cuántos rayos tiene el sol?

 

“Ella nos cantaba ‘A la rurrú niño’, ‘El pico de coral’, ‘La casa de cristal’, ‘Niña que ve pasar al Rey’, y todas esas canciones y cuentos de zapateritos, el de la ‘Cenicienta’, la ‘Doña Blanca’…todo eso nos contaba, y fue importante para mí.

“Por las noches Magda nos dejaba oía a El Monje Loco, programa de radio que empezaba con unas carcajadas siniestras y voz tenebrosa, oíamos con ella el radio y muchas cosas se me grabaron de memoria como aquello de ‘Siga los tres movimientos de Fab, remoje, exprima y tienda’”. Elena prosigue con sus recuerdos: “También por la noche Magda nos contaba el cuento del enanito que subió por una mata de frijol y llegó al cielo, el de la muchacha que se cayó al pozo…

“En esa época leíamos todo lo que estaba a nuestro alcance: miles de cuentitos de esos de Billiken de Argentina que nos prestaba una señora, cuentitos y novelitas de las que leen las muchachas, pero con una gran inocencia porque mi mamá no nos decía nada, la educación sexual no existía. Era tal nuestra inocencia que cuando la guerra, le pedimos a mi mamá un hermanito y ella nos decía que esperáramos que regresara papá”. ‘¡Ay no! —le decíamos—, no importa, tú dale la sorpresa.’”

La relación con Magda “fue importantísima”. Y según asegura Elena, la presencia de todas las lecturas de ese periodo de su vida ha sido definitiva y fundamental en lo que escribe ahora.

De que hubo una relación de tipo afectivo con los libros no cabe duda: “Los cuidaba mucho, los forraba, me dolía cuando terminaban, no quería que les pasara nada, no los fueran a maltratar”.

¿Qué le dieron a Elena Poniatowska todos esos libros de la infancia?

“En primer lugar me sacaban de mi misma, de mi vida de todos los días. Yo me convertía en la heroína de todo lo que leía. Si era Lo que el viento se llevó, entonces yo era Scarlett, y hacía y tornaba y me enamoraba de uno y de otro, debía de hacer las mismas cosas en mi vida. Yo tenía una capacidad asombrosa para no estar en la realidad. Siempre estaba pensando en lo que leía en los libros o en lo que yo misma pensaba que podía inventar. Mientras comíamos yo andaba en un barco con un pirata guapísimo, al ratito me iba a besar, me iba a tomar de la cintura, y yo tenía un moño azul en el pelo… estaba totalmente virola. Nunca ponía los pies en la tierra, no aterrizaba nunca, me tardé mucho en hacerlo, además, nunca compartía mis sentimientos con los demás.”

La literatura estaba tan presente en la vida de Elena que cuando iba a un velorio o a un entierro “yo ya sabía que tenía que llorar y nunca podía porque no sabía ni qué estaba pasando ni me importaba, entonces trataba de acordarme de lo más triste de una novela para ver si así me salía aunque sea una lágrima. Yo reía cuando tenía que llorar y lloraba cuando debía reír, estaba en otro mundo”.

La relación con Magda duró hasta que Kitzia y Elena se fueron dos años internas a una escuela de monjas en Estados Unidos: “Ahí nos enseñaban muchas chivas del Testamento y de rezar y de lógica... pero también el latín, que agradezco en grande, porque con él aprendes análisis de textos y como a fuerza tienes que entender lo que estás leyendo, te sirve mucho”.

Elena regresó a México a los 18 años, muy poco antes de que decidiera dedicarse al periodismo. Fue cuando alguien más la tomó para leer de la mano:

“Recuerdo que tenía yo como veinte años cuando Octavio Paz me llevó a la Librería Francesa y me dijo que yo tenía que leer esto y lo otro si quería escribir en los periódicos, entonces me indicaba que tenía que leer a André Breton, a los surrealistas, la Caballería roja… me escogía los libros y me los hacía comprar.”

A esa edad, confiesa Elena, aún no había leído en español “¡no conocía ni a Juan Ramón Jiménez y su Platero y yo!” Su lectura en español, dice, vino con el periodismo, cuando empezó a elegir sus lecturas “porque antes, o leía lo que me decía Octavio Paz o lo que veía yo que otros estaban leyendo. Entonces comencé a leer a Juan Rulfo, a Juan José Arreola, a Carlos Pellicer, a José Vasconcelos y todo eso me ayudó para escribir, para no cometer faltas de ortografía, para reconocer las palabras, además de que disfrutaba enormemente, al grado que hasta la fecha nada me fascina más que leer”.

Milenio

 

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