Callejón sin salida

Por: Rodrigo Ramírez Tarango
Callejón sin salida

Los índices de inseguridad en la Entidad se mantienen, no hay poder humano que pueda corregir en el corto plazo las décadas de corrupción en las que se generó todo el caldo de cultivo en el que se preparó la degradación ante la que hoy tenemos que sobrevivir.

La estructura de un gobierno, por más preparada que estuviere, por más moral que fuere, no puede contener los problemas morales de una sociedad enferma por tantos mensajes equivocados que recibe.

Ya sea por televisión, radio, impresos y ahora por el omnipresente internet, nuestras sociedades reciben mensajes que en nada contribuyen para mejorar su condición moral, su calidad de vida, su dimensión como grupo que debe ayudarse para salir adelante.

Además, es natural que una sociedad enferma tenga gobiernos enfermos, esa es en parte una breve, aunque muy triste, explicación de porqué estamos como estamos. ¿Tendremos capacidad para reaccionar?

Querer encontrar soluciones en el corto plazo a los problemas que se gestaron durante décadas y anunciarlas como tales es simple y llanamente falaz. La administración estatal anterior, por ejemplo, basó una de sus estrategias de comunicación política en aseverar que logró la reducción en los índices delictivos más graves como el homicidio y el secuestro.

Comunicar esto no es en sí malo o demagogia pura, pero cuando se vincula al éxito o fracaso de una administración acudimos a la simulación desde el discurso, sea este oficial o desde la oposición, ya que un factor como este no puede ni debe determinar el desempeño de un gobierno estatal, como el caso con que se ilustra el ejemplo.

En los últimos días, a la administración estatal también se le busca endilgar un sello, el del recrudecimiento de la violencia en términos de personas privadas de la vida y otros ilícitos de los conocidos como de alto impacto, esto como sinónimo de fracaso. En cuatro meses.

Son visiones simplistas que buscan confundir, en algunos casos con fines meramente electorales (aquí es cuando reciben el epíteto de electoreros); visiones que en realidad generan falsas percepciones sobre lo que realmente es o puede llegar a ser una administración desde el Poder Ejecutivo Estatal, por seguir en la línea de ejemplo.

En los ejemplos con los que se analiza este fenómeno social, como en otros muchos casos, la solución debe venir desde una reflexión de conciencia de cada integrante de la sociedad, algo difícil de por sí, pero necesario en la medida de cada persona.

El cambio debe partir de cada unidad –cada persona- que conformamos el grupo social, porque los fenómenos sociales son multifactoriales y no pueden ser solucionados desde sólo una visión, una opción o una acción de un gobierno.

Plantear lo anterior pareciera absurdo pues es sabido que los cambios no se dan espontáneamente, no se generan de abajo hacia arriba en la estructura social, no se gestan casualmente o simplemente motivados por problemas comunes. Se generan desde grupos organizados que planean y tejen redes para lograr cometidos, en algunos casos buenos, en otros casos malos para el grupo social, todo depende del verdadero interés de cada propuesta.

Las revoluciones que consigna la historia como movimientos populares no se gestaron por la mera reacción a la violencia ejercida por los tiranos contra la sociedad civil, contra la clase trabajadora y sus familias; las revoluciones fueron diseñadas por minorías pensantes.

El problema actual es que estos grupos que planean, que diseñan, que ordenan y ejecutan nuestro orden social a través de manipulación mediática pareciera están en sintonía para hacer usufructo de nuestras sociedades, usufructo en lo económico, y para ello la degradación moral es el camino más fácil para generar ganancia con poca resistencia.

Los gobiernos administran la cosa pública, actualmente tienen poca oportunidad de incidir en la conciencia de las personas a través de programas sociales, pues estos son meramente asistenciales, muy poco hay de formativos ya que en aras del respeto a la creencia de cada quien, el bien común resulta una entelequia muy difícil de explicar siquiera.

Esta gran contradicción, es decir, aseverar que las minorías pensantes deciden por las grandes masas y que están en contra del bien honesto que debe guiar al interés público, frente a la necesidad de que cada miembro del grupo social debe tomar conciencia para reaccionar, se propone como callejón sin salida, como imposible, como absurdo incluso.

Culpar a los otros –al gobierno- simple y llanamente significa contribuir a que nada pase en aras de que nuestras sociedades cambien para bien, se requiere el actuar consciente de cada individuo, pero para esto la base cultural fue degradada en gran medida, y hoy el esfuerzo para reconstruirla es titánico, y los caminos para llegar a ello son demolidos con estrategias sutiles revestidas de respeto, derechos humanos y políticas orientadas a satisfacer los bienes útil y deleitable, solamente.

Con lo anterior no se trata de justificar a los gobiernos, salientes o entrantes, fue sólo un punto de reflexión para la argumentación de lo mal que estamos como sociedad. Nuestros gobiernos son reflejo de lo que somos, por ello tenemos el gobierno que merecemos como lo asentaran los griegos hace miles de años.

 

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