Ser Profe: Orgullo y Compromiso

Por: Fernando Cruz
Ser Profe: Orgullo y Compromiso

 

Hace unos días escuché a un joven profesor decir: -No me diga joven ni me diga profe. Dígame maestro. Así dígame: maestro-.

Más tarde, ya en casa, esas palabras me llevaron a recordar aquellos años en que a mí me empezaban a decir “profe”. Así solamente: profe. Ni siquiera la palabra completa: profesor.

Yo igual que muchos colegas, inicié labores docentes bajo condiciones muy adversas. Fui asignado a la escuelita de una localidad a la que recientemente se le había levantado, por decir de alguna manera, el “castigo” (años atrás fue baleado el docente de la localidad en plena cancha escolar, y yo fui el segundo en llegar años después). Era la mía una escuelita muuuy pobre, muy descuidada. Ventanas desechas, sin vidrios, sin calentón y con el techo de lámina en muy malas condiciones.

Empecé por instalarme en la casa del maestro. En esa casa no había nada. Ni cama ni cobijas ni vidrios. Era aquella una casa en ruinas. De madera podrida, sucia, fea, desagradable. Yo tapé ventanas con unos pedazos de tabla que encontré y unos cartones que andaban por ahí, los detenía con un metro de madera viejo que encontré. Ese arreglo se arruinó con la primera lluvia.

Poco a poco fueron llegando alumnitos nuevos de todos los grados. La casa del maestro se fue habilitando de manera muy rudimentaria con “préstamos” de los vecinos de la comunidad. Préstamos porque alguien me prestó una cobija, otro vecino me prestó un colchón que acomodé sobre unas tablas apoyadas en cubetas o en troncos de pino. Conseguí prestada una taza de peltre para calentar agua. Y sólo podía hacer eso: calentar el agua, porque llegué allá con las manos vacías. No traía yo ni un peso partido a la mitad. Literalmente con las manos y la cartera vacías, pero con el corazón lleno de ilusiones. La ilusión de ser el profesor, de enseñar el alfabeto al prójimo, de ayudar, de trascender, de hacer patria, de quemar mi vida entera ayudando a los demás, la ilusión de ser lo que soy: profesor. Así a secas. Profesor porque hace mucho considero que el título de maestro sólo le corresponde a Jesucristo, y a los demás nos queda muuuy grande. Así las cosas, calentaba un poco de agua en la mañana y me la tomaba así. Sin nada. Porque como ya mencioné, llegué allá sin dinero y no tenía para comprar al menos un poco de café. Siempre he disfrutado mucho del café, por lo que aquella situación fue una especie de tortura que acepté estoicamente. Temprano, después de mi taza de agua caliente, me alistaba y empezaba mi recorrido a recoger a los peques que vivían lejos de la escuela. Supongo que eran unos tres kilómetros a pie hasta un lugar llamado El Entronque. Iba hasta la casa de los niños para traer a la escuela a los más pequeños, y a la hora de salida los llevaba otra vez a su casa.

A veces por la mañana alguien me invitaba algo de desayuno, algún bocado al mediodía, y en la noche… en la noche nomas leía, porque la mayoría de las veces no había cena.

Así fueron pasando los días. Terminó septiembre, octubre, noviembre y en diciembre me llegó mi primera quincena. ¡Y llené mi despensa! Pagué leña que pedí fiada… ¡Compré café y azúcar! Disfrutaba tantisísimo dar clase a un lado del calentón de leña y prepararme ahí mismo unas tazotas de riquísimo café de olla, y hasta me daba el “lujo” de acompañarlas con galletas de animalitos. Empezaban los chiquillos que antes me veían un tanto huraños, a acercarse a revisar sus trabajos con confianza. Eran días deliciosos rodeado de esos peques disfrutando juntos el manjar de café y galletas. Lo importante no es que comes, lo que importa es con quién comes. Era para mí aquello un lujo digno de reyes disfrutado por un profe.

Me encantaba temprano lavar aquel pizarrón verde para gis. Ese tipo de pizarrones ahora en desuso tienen una especie de encanto que no se encuentra en los actuales pizarrones para marcador. Con mi segunda quincena compré pintura y tracé una cuadrícula a un lado del pizarrón para enseñar a mis alumnos a usar el cuaderno de cuadrícula, muchos de los cuales yo mismo compré para ellos (esa es una situación muy común: Los propios profesores compramos útiles escolares a los alumnos).

No había estas cómodas butacas que usamos en la ciudad. Eran mesabancos. Bancas binarias de madera que en la parte posterior tenían tabla a manera de mesa para quienes se sentaban atrás de nosotros. Y poco a poco se fue acondicionando aquella humilde escuelita. Y a pesar de todos los pesares se trabajaba muy a gusto.

No es de ninguna manera mi historia un caso aislado. Somos muchos los profesores que iniciamos así, o peor. No son pocas las compañeras profesoras que demostraron un arrojo admirable en situaciones difíciles. Muchos de mis colegas han sido factor de cambio positivo en el medio rural, ya sea tramitando servicios de salud para la comunidad, de electrificación, etc. En mi comunidad logramos poner agua entubada en los domicilios. Es muy agradable que nos encuentren exalumnos años después y nos saluden con gusto y afecto (digo que nos encuentren, porque son ellos los que nos descubren a nosotros y nos dicen: -¿Se acuerda de mí, profe? Me dio clases en tal o cual escuela-.

En fin: Considero que el requisito básico para la asignación de una plaza docente, o de horas en alguna escuela, más que los exámenes de oposición debería ser una clara conciencia de la trascendencia de nuestra labor. Un examen teórico como actualmente se aplica no es suficiente para determinar quién es apto para estar frente a grupo. Un examen de oposición como el actual lo puede acreditar cualquier persona que se dedique a memorizar datos. Punto. Los buenos profesores saben que todo lo que han aprendido no es suficiente para una buena labor docente. Saben que siempre hay mucho por aprender. Y lo saben porque aman su profesión tan desprestigiada en los últimos años. Y por cierto: A aquellos profesores no les incomoda que al dirigirse a ellos se les diga: profe.

 

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