La propia imagen

Rodrigo Ramírez Tarango
La propia imagen

 

Las nociones de lo que es público y lo que es privado de una persona requieren análisis a profundidad; por ejemplo, porque son muchos aspectos que no se pueden juntar, algo así como varios tópicos que deben analizarse en forma separada. Uno de estos tópicos es el derecho a la propia imagen que, en nuestro caso se enfoca desde la perspectiva del ejercicio periodístico.

La fotografía periodística es el antecedente primario de lo que hoy abordamos como problema del tratamiento de la imagen de las personas en el periodismo.

El derecho a la propia imagen cobra importancia en la primera mitad del siglo pasado, cuando se inventa la fotografía.

Algunos autores afirman que luego de ser descubierta y perfeccionada la fotografía, desarrollados los mecanismos de filmación y hasta de transmisión de la imagen, el problema se hace más acuciante precisamente porque esas técnicas alteran dos condiciones precedentes, es decir, el dibujo y la escultura como únicas posibilidades de reproducir la imagen de una persona.

En la actualidad, es posible captar la imagen de una persona sin su consentimiento; es posible multiplicar una imagen virtualmente y transmitirla sin importar las distancias.

Sobre esto es necesario considerar que detrás de cada imagen se relacionan tres actores: su autor, el público al cual éste se dirige y la persona representada.

En esta visión prevalecen varios derechos para estos tres actores, aunque lo ejerciten de distinta manera: tanto el autor como el público gozan de un mismo derecho –un derecho a la imagen ajena, que se sustenta en el derecho a la información–, derecho que puede entrar en colisión con el derecho a la propia imagen de la persona representada.

En la reflexión acerca de estas dificultades, incluso en la práctica de los medios, suele verse la imagen personal sólo como un instrumento a través del cual se puede afectar fundamentalmente la vida privada y en algunos casos la honra, asuntos que desde antes se trataban en la ética informativa porque a fin de cuentas la manipulación de una imagen puede afectar de la misma forma como, sin el complemento de la fotografía, un texto en el que se describe a esa misma persona.

El conflicto ético provocado por la imagen de una persona reside tanto en lo que representa como en lo que no representa.

En lo que muestra en una combinación de lo que no puede mostrar.

El despojo nos hace intuir inevitablemente la totalidad. Y es esa mera intuición lo que justifica, por un lado el desasosiego del espectador que se rinde ante la imposibilidad de la posesión, y por otro, el desasosiego de la persona representada ante aquel intento de posesión –cuando existe– o ante la imagen que introduce una falsa intuición de su totalidad personal. Es decir, que proyecta una equivocada visión de aquel que aparece representado.

A la cuestión ética que nos impone la naturaleza misma de la imagen, se suma, en el caso de su captación y reproducción a través de los medios, aquella que deviene de su abrumadora presencia en ellos. Hoy, no importa cuál sea el carácter del mensaje que se pretenda difundir –informativo, propagandístico, publicitario o puramente artístico–, la imagen humana es cada vez con más fuerza parte integrante de lo que se comunica. Vivimos en una sociedad de imágenes, pero lamentablemente no reflexionamos lo suficiente sobre su contexto.

La paradoja actual de nuestras sociedades es que nunca antes habían consumido tantas imágenes y que jamás estos proceso habían sido tan poco apreciados por un público.

Enfrentados, entonces, a su importancia y a su abrumador peso en las comunicaciones, se hace urgente un abordaje ético de la cuestión de la imagen personal, por parte de los medios y de sus profesionales.

Cada día con más frecuencia se ven envueltos –y que conste que se hace referencia sólo a sus secciones informativas, para no entrar en el terreno de la publicidad– en complejas situaciones que involucran esta cuestión.

¿Qué hacer, por ejemplo, frente al caso de una persona que reclama porque su fotografía ha sido publicada en vez de la de otra del mismo nombre?

¿Qué decir frente a la demanda de una mujer que hace años prestó su consentimiento para aparecer, con un cigarrillo en la mano, en un reportaje sobre los fumadores, y tiempo después ve nuevamente publicada su foto en un reportaje acerca de la drogadicción?

¿Es razonable la molestia de quien se ve aparecer en un reportaje televisivo acerca de un partido político, en circunstancias que no milita en dicho partido y que su imagen fue grabada sin que lo advirtiera, mientras caminaba por la calle?

¿Es lícito registrar las imágenes de aquel que, en estado de coma y por lo tanto imposibilitado de manifestar cualquier consentimiento, permanece en la unidad de cuidados intensivos de un hospital?

¿Y qué hacer con las imágenes que muestran una situación antigua de aquel que ha cambiado precisamente esa condición?

Es obvio que en muchos casos la vida privada es violada a través de una imagen. Eso, por sí solo, no permite, sin embargo, hacer depender el derecho a la propia imagen de aquel que se refiere a la vida privada.

La imagen se define por su visibilidad; la vida privada, por la condición contraria, por la invisibilidad. El derecho a la vida privada supone un secreto que se fundamenta en lo representado. En el caso de la imagen, en cambio, más que un secreto hay una reserva, que no dice relación con lo representado, sino con el efigiado; se fundamenta en la persona captada más que en la escena. Análogamente, el nombre también merece protección, y por supuesto no es secreto.

También resulta evidente que la honra de una persona puede ser afectada por medio de la utilización de su imagen. Las imágenes trucadas, las fotos superpuestas o retocadas, la combinación de un texto y una foto que sugieren una contradicción y hasta la utilización no consentida de la propia imagen para fines publicitarios, pueden implicar una clara ofensa a la dignidad, a la reputación.

Cuando mediante una publicación no consentida de la imagen de una persona se deduzca una ofensa a su honra, en virtud de las condiciones que rodean aquella difusión, podrá decirse que se han afectado paralelamente dos atributos de la persona: el honor y la propia imagen.

Para aclarar este punto, el italiano Paolo Vercellone describe cuatro situaciones diferentes:

Primera: Que se publique el retrato de una persona sin su consentimiento y sin que constituya una de las excepcionales limitaciones al derecho, pero de modo que el retrato excluya todo perjuicio al honor. En ese caso se trata de una violación al derecho a la propia imagen.

Segunda: Que no haya consentimiento, que el retrato no corresponda a algunas de las excepciones al derecho a la propia imagen y que sí haya un perjuicio al honor. En ese caso habrá un concurso de atentados. Se habrán afectado los derechos a la propia imagen y al honor.

Tercera: Que la publicación se incluya dentro de una de las excepciones, pero que haya perjuicio al honor. En esa situación, habrá violación al derecho al honor pero no a la propia imagen.

Cuarta: Que haya consentimiento o una de las hipótesis de excepción al derecho a la propia imagen y que no haya daño al honor. La publicación, entonces, no tendrá objeciones desde la perspectiva de los dos derechos.

La imagen, en cuanto atributo de la personalidad distinto del honor y de la vida privada, merece ser tratada de manera autónoma. El análisis de las complejas cuestiones que en torno a ella se originan en los medios, supone unas bases distintas de aquellas sobre las cuales se construye el respeto al honor y a la vida privada.

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